La saturación del espacio
público, la venta irregular de calles y la falta de beneficios sociales
evidencian un modelo que castiga a la formalidad y favorece la corrupción
Metropoli sábado, 27 de
diciembre de 2025
Aurelio Sánchez
Las llamadas verbenas
navideñas instaladas en el Centro Histórico de la Ciudad de México han
rebasado cualquier límite de orden y legalidad. En zonas como la Alameda
Central, Eje 1 Norte, Circunvalación Madero, 16 de Septiembre, Eje
Central y gran parte del corredor oriente-norte del primer
cuadro de la ciudad, no queda un solo metro libre de banqueta.
En un recorrido de La Prensa se
pudo observar la ocupación desmedida del espacio público se ha convertido en un agravio directo
para las pequeñas empresas formales y los emprendedores que operan dentro de la
ley, así como para los vendedores de banqueta que sobreviven en
condiciones precarias.
Mientras tanto, el mercado de menudeo se encuentra inundado de productos
de origen chino, repetidos una y otra vez en cada puesto, con márgenes de
ganancia mínimos y sin generar desarrollo económico real.
Lejos de existir un
retorno social para el resto de la ciudadanía, el saldo es negativo.
No hay contraprestación alguna, más allá del daño a la salud pública
que representan miles de puestos de comida y bebidas de dudosa higiene, en
abierta contradicción con la política de cuidado a la salud que presume el
Gobierno de la República.
La única ganancia real es
para quienes controlan y comercializan el espacio público. De acuerdo
con testimonios, existen lugares que se rentan por temporada entre 10 y 15 mil
pesos, mientras que los cobros diarios por puesto oscilan entre 100 y 500
pesos.
La pregunta es inevitable: ¿quién
cobra? La respuesta es conocida desde hace décadas: líderes informales y redes
de corrupción que han hecho de las calles un negocio privado.
Este escenario dista mucho de
cualquier idea de transformación. Lo que se observa es la destrucción
sistemática de la formalidad, la legalidad y el estado de derecho. Mientras
se discuten reformas como la semana laboral de 40 horas o el aumento al
salario mínimo, una parte significativa de la población permanece atrapada
en esquemas de informalidad, explotación y falta de conciencia cívica.
El delito que se comete
diariamente en el Centro Histórico contra el espacio público es alarmante.
No se trata de un fenómeno nuevo, sino de una práctica que se arrastra desde
hace al menos 40 años y que, pese a los discursos oficiales, sigue intacta.
No hay duda: esto no es
transformación. Es la repetición de los mismos vicios de siempre.

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